Por: Atilio Boron
20 de diciembre de 2025
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rotundo triunfo de José Antonio Kast en el balotaje está destinado a
ejercer una profunda influencia en Chile. Se consolida una sólida
fuerza de extrema derecha, neofascista, como producto de la convergencia de dos
variantes radicales del pinochetismo —una liderada por Kast y la otra,
aún más extrema, por Johannes Kaiser— a las cuales se plegó la abanderada de
una ficción llamada “derecha democrática” encarnada por la ex alcaldesa de
Providencia, Evelyn Matthei, supuesta heredera del legado de Sebastián Piñera.
Según
el analista político chileno Jaime Lorca, la obligatoriedad del
sufragio —antes optativo en Chile— canalizó hacia el pinochetismo y sus aliados
el descontento social imperante en relación al gobierno de Gabriel
Boric, cuyas tasas de aprobación en la segunda parte de su mandato oscilaron en
torno a un magro 30 por ciento. Temas como la inseguridad, el odio hacia los
inmigrantes (especialmente venezolanos) y la inflación —cercana al 4 % anual—
fueron agitados demagógicamente por el candidato del pinochetismo, un hombre
con un manejo tan descuidado de las cifras y las estadísticas como Javier
Milei.
Pese
a ello, la prensa hegemónica a ambos lados de los Andes magnifica la
inseguridad para, desde el temor, acercar votos a la derecha fascistoide de
ambos países. En todo caso, yerros de este tipo fueron comunes en la
campaña de Kast pero, al igual que en el caso argentino, hay un amplio sector del
electorado que hoy concurre a votar porque es una obligación, no le interesa la
política y no se inmuta ante los disparates que pueda proferir un candidato.
Temas como los que estamos analizando dan cuenta del inesperado caudal de votos
que en la primera vuelta obtuvo el Partido de la Gente, liderado por Franco
Parisi, arañando el 20 por ciento de los votos y quedando a escasos cuatro
puntos porcentuales de Kast. Buena parte de este caudal electoral conformado
mayoritariamente por los nuevos votantes que acuden a las urnas por el carácter
obligatorio del voto están muy penetrados por la ideología de la antipolítica,
el hiperindividualismo y el desprecio a todo lo que huela a acción colectiva, y
en el balotaje se inclinaron a favor de Kast. Una parte, tal vez, arrojó por la
borda el arraigado anticomunismo imperante en Chile y respaldó la candidatura
de Jara, pero no en la medida suficiente como para impedir una derrota muy
categórica.
¿Qué
se puede esperar del gobierno de un personaje como Kast? Recortes
brutales en el gasto social, redefinición de los avances registrados en
relación a los derechos de la mujer y una redefinición de las alianzas
internacionales de Chile. Seguramente intentará profundizar el modelo económico
gestado durante la dictadura de Pinochet y cuyos fundamentos permanecieron
intocados por la larga e inconclusa transición democrática chilena. Inconclusa
porque las relaciones de poder y la concentración de la riqueza gestadas a
partir del aciago 11 de septiembre de 1973 lejos de ser revertidas por el
ejercicio democrático fueron consolidadas y reforzadas por las sucesivas
coaliciones gobernantes. Pero en el contexto de la nueva doctrina de la
seguridad nacional de Estados Unidos Kast será presionado por Washington para
la ardua tarea de enfriar las relaciones de su país con China, siendo este
país el primer socio comercial de Chile y aquel con el cual se firmó, en 2005,
un medular Tratado de Libre Comercio.
Por
otra parte la conformación del parlamento chileno será un obstáculo muy
significativo para frenar los previsibles excesos de Kast. El Senado está
dividido por mitades y en la Cámara resultaría extremadamente difícil que
obtenga el 4/7 de los votos (un 57%) necesarios para reformar la Constitución.
En todo caso, la instauración de un gobierno de este tipo representa un enorme
desafío para el hasta hoy oficialista Frente Amplio y el campo progresista en
general. Al igual que en la Argentina, estas fuerzas se enfrentan a un desafío
refundacional: redefinir un proyecto, idear una nueva narrativa, diseñar una
propuesta concreta de gobierno, revitalizar las organizaciones de base,
movilizar a sus integrantes y resolver la siempre espinosa cuestión de la
conducción política y el liderazgo.
Son tareas urgentes e impostergables, porque toda dilación tendrá como consecuencia la creación de las condiciones histórico-estructurales para el relanzamiento de un ciclo neofascista de larga duración que ocasionará graves perjuicios para nuestros pueblos. Grave error sería ceder ante el pesimismo y creer que una derrota es definitiva. Pero un revés tan contundente exige un esfuerzo de autocrítica que, entre otras cosas, tenga presente que las fórmulas del progresismo light que invitan a avanzar por una inexistente “ancha avenida del medio” lo único que hacen es abrir de par en par las puertas de la democracia para el advenimiento de la extrema derecha o el neofascismo colonial. En tiempos tan inmoderados como éstos, de crisis capitalista y ofensiva imperialista con el Corolario Trump pendiente sobre las cabezas de nuestros pueblos, la moderación lejos de ser una virtud se convierte en un vicio imperdonable. <>

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