IRÁN
ANTE
UNA GUERRA EXISTENCIAL
INFORME SEMANAL DE POLÍTICA
EXTERIOR • 2 DE MARZO DE 2026
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l ataque conjunto de Estados Unidos e Israel contra Irán
marca un punto de inflexión en la ya precaria arquitectura de seguridad en
Oriente Medio. La escalada plantea interrogantes sobre la capacidad de
contención del conflicto y sobre las consecuencias de una guerra que el régimen
iraní puede percibir como existencial.
Donald Trump y Benjamin Netanyahu han terminado por imponer
un guion de confrontación directa contra Irán. EEUU e Israel han iniciado una
operación militar en un contexto en el que, hasta horas antes, se mantenían
abiertos canales diplomáticos en torno al programa nuclear iraní. La Casa
Blanca sostuvo hasta el último momento que apostaba por la vía diplomática,
alimentando la percepción de que existían avances sustantivos y de que un
entendimiento sobre el controvertido programa nuclear iraní estaba próximo.
Así lo reiteraba públicamente, apenas unas horas antes del
inicio de la operación –denominada Furia Épica por Estados Unidos y Rugido de
León por Israel– el ministro de Exteriores de Omán, sugiriendo que Teherán
estaría dispuesto incluso a renunciar al enriquecimiento de uranio.
Desde el punto de vista jurídico, el uso de la fuerza contra
un Estado soberano solo se considera conforme al derecho internacional en caso
de legítima defensa frente a un ataque armado o cuando existe autorización
expresa del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.
Washington y Tel Aviv
han presentado la operación como un ejercicio de legítima defensa, argumentando
que responde a una amenaza grave e inminente. Hasta el momento, no se han hecho
públicas pruebas concluyentes en ese sentido.
Más allá del debate jurídico, todo indica que la decisión de
golpear a Irán estaba tomada desde hace tiempo. El despliegue del portaaviones
Gerald R. Ford en la zona habría sido el último paso operativo antes de activar
la ofensiva. Se trata de una decisión coherente con una visión estratégica que
aspira a reconfigurar el equilibrio regional y a descabezar al régimen liderado
por Alí Jameneí (ya eliminado) y el presidente Masud Pezeshkian.
Washington y Tel Aviv han optado por actuar contra un adversario que atraviesa un momento de vulnerabilidad. En el plano interno, el régimen iraní enfrenta sucesivas olas de protestas por el deterioro económico y una gestión percibida como corrupta e ineficiente, contenidas mediante una represión intensa y sostenida. En el plano regional, ha visto erosionada la capacidad operativa de algunos de sus principales aliados y socios –Hezbolá, Hamás y Ansar Allah– tras meses de presión militar y política.
Desde el punto de vista estrictamente militar, la
superioridad del bando atacante es evidente. EEUU ha desplegado dos grupos de
combate aeronaval, además de los activos que mantiene habitualmente en la
región, mientras que Israel ha volcado su capacidad aérea y misilística contra
quien considera desde hace años su principal amenaza estratégica.
Sin embargo, esa superioridad no garantiza la consecución de
los objetivos políticos perseguidos. Irán conserva algunas bazas de retorsión
–desde su arsenal de misiles balísticos y drones, hasta sus capacidades para la
guerra irregular y la posibilidad de perturbar el tráfico en el estrecho de
Ormuz. Además, cabe prever que Teherán esté dispuesto a emplear todos los
medios a su alcance, consciente de que para el régimen surgido en 1979 se trata
de un conflicto existencial. Una guerra en la que se busca su derrota
definitiva.
Lo ocurrido en las primeras horas ofrece ya algunas claves
sobre la evolución del conflicto. Los atacantes parecen decididos a sostener
una campaña prolongada, con oleadas sucesivas de drones, misiles y aviación
dirigidas contra miles de objetivos previamente identificados: instalaciones
vinculadas al programa nuclear y a la fabricación de misiles, centros de mando
y control, así como activos militares pertenecientes tanto al Aresh –las
fuerzas armadas convencionales– como a los pasdarán, el Cuerpo de Guardianes de
la Revolución Islámica. Queda por ver si, en una fase posterior, optan también
por atacar infraestructuras energéticas, lo que supondría un golpe directo a la
principal fuente de ingresos del Estado iraní y elevaría notablemente el
impacto económico y regional del conflicto.
Por su parte, y como se ha evidenciado desde el primer
momento, Irán no solo ha lanzado ataques contra territorio israelí, sino
también contra intereses estadounidenses en Arabia Saudí, Bahréin, Emiratos
Árabes Unidos, Jordania, Kuwait y Catar. Con ello demuestra capacidad y
voluntad de respuesta, aunque resulta incierto si podrá sostener durante un
periodo prolongado un volumen significativo de misiles y drones. Más que buscar
una escalada incontrolada hacia una guerra regional abierta, Teherán podría
estar intentando enviar una señal a las monarquías del Golfo para que ejerzan
presión sobre Washington en favor de una desescalada negociada antes de que el
conflicto alcance un punto de no retorno. ●

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