EL AGUA COMO ARMA DE GUERRA
Por Andrés Actis
– El Salto 23 marzo 2026
La escasez hídrica alcanza niveles críticos en el golfo
Pérsico por la crisis climática y la sobreexplotación. El agua potable llega a
través de unas desaladoras que están siendo bombardeadas. La ONU advierte, por
primera vez, que este recurso vital se está agotando en muchas regiones del
planeta.
Este domingo se celebró el Día Mundial del Agua. En enero,
Kaveh Madani, director del Instituto de Agua, Medio Ambiente y Salud de la
Universidad de las Naciones Unidas (UNU-INWEH, por sus siglas en inglés) y uno
de los científicos internacionales que más ha investigado sobre la
problemática sistémica del agua a escala planetaria, llamó a “la
cordura y a la acción política” ante un escenario inédito en la historia de la
humanidad: la “bancarrota hídrica global”.
Para los expertos que asesoran a la ONU, el mundo ha entrado
en un “punto de no retorno” por sistemas en “donde la demanda humana ha agotado
irreversiblemente los ahorros acuíferos y secado los pozos del futuro, poniendo
en riesgo el conjunto del sistema
hídrico del planeta”. “Es como tener una cuenta bancaria a la que se le
extrae dinero cada día sin que entre un solo depósito: el saldo ya es
negativo”, explicaba Madani al presentar el informe del
organismo adscrito a la ONU, titulado precisamente Global Water
Bankruptcy.
A diferencia de los ataques a instalaciones petroleras, que
afectan principalmente a la producción y al comercio, los dirigidos contra
infraestructuras hídricas golpean “el corazón de la civilización”, resume José
Fernando Pérez, doctor en Ingeniería Química y Ambiental y profesor de la
Escuela de Arquitectura, Ingeniería y Diseño de la Universidad Europea.
Javier Lillo Ramos, colaborador honorífico en el Grupo de
investigación sobre Cambio Global Terrestre y Geología Ambiental de la
Universidad Rey Juan Carlos, explica que el uso del agua como arma “no es
nuevo”. Hay numerosos ejemplos que han ocurrido desde la antigüedad en
diferentes zonas del globo.
Sin embargo, para evitar estos daños —con sus devastadores impactos
en la sociedad civil— en 2019 se presentó la Lista de Principios de Ginebra
sobre la Protección de las Infraestructuras Hidráulicas, un documento de
referencia para su uso en conflictos armados. La protección de las
infraestructuras de agua figura entre las principales normas a acatar. “Es
imprescindible que los países apoyen y sigan estas iniciativas a escala global.
Si no es así, todos perderemos en las guerras”, advierte este experto.
Los ataques
Desde el inicio de la guerra se han reportado varios ataques
a infraestructuras hídricas. Teherán denunció que los misiles alcanzaron una
planta desalinizadora en la isla iraní de Qeshm, en el estrecho de Ormuz, de la
que dependen unas treinta localidades en la que viven cientos de miles de
personas. El ministro iraní de Exteriores, Seyed Abbas Araghchi, calificó la
operación estadounidense de “crimen flagrante” y advirtió de que atacar
infraestructuras civiles iraníes “sentará un precedente peligroso con graves
consecuencias”.
Días más tarde, Bahréin, país que abarca más de 30 islas en
el golfo Pérsico, denunció que Irán lanzó un dron contra una de sus plantas
desalinizadoras. Aunque la instalación no quedó destruida por completo, el
ataque puso de manifiesto la enorme vulnerabilidad de este tipo de
infraestructuras críticas. Dubai también notificó que los ataques contra el
puerto de Jebel Ali impactaron muy cerca de una de las plantas desalinizadoras
más grandes del mundo.
Más países denunciaron ataques a infraestructuras hídricas
en los últimos días, como un incendio cerca de la Planta Independiente de Agua
y Energía Fujairah F1, en Emiratos Árabes Unidos, o la planta Doha West de
Kuwait, que también reportó daños por la caída de restos provenientes de ataques
con drones.
Tras la escalada de este tipo de ataques, el portavoz del
Ministerio de Exteriores de Qatar, Majed al Ansari, alertó de las consecuencias
“irreversibles”. “Atacar infraestructuras vitales, ya sean plantas de
desalinización de agua, tanques de agua, reservas de alimentos, reservas de
medicamentos o plantas de producción de medicamentos; cualquier tipo de
infraestructura que sustente la vida de las personas, constituye un grave
peligro para la población de la región y más allá”, advirtió.
Aunque más invisible, la contaminación de los acuíferos —los
depósitos de agua subterránea— es otro problema grave en lo que respecta al
suministro. Los bombardeos de Trump y Netanyahu contra las refinerías de Irán
dejaron un “lluvia negra ácida” —dióxido de azufre, dióxido de nitrógeno,
partículas PM2,5— que se ha filtrado por muchas vías fluviales.
Si el agua marina está contaminada, las plantas
desalinizadoras pueden “saturarse o fallar”, explican los expertos sobre este
otro riesgo. También puede ocurrir que no se eliminen todos los contaminantes
químicos complejos y que el agua potable contenga trazas contaminantes.
Al mezclarse con la humedad atmosférica, el hollín, las
cenizas y los residuos de crudo están provocado un “desastre ambiental de gran
magnitud con impactos inmediatos y a largo plazo”, advierten los científicos de
Conflict and Environment Observatory (CEOBS), un observatorio especializado en el impacto
ambiental de las guerras.
Esta ONG explica que si bien el Golfo es una zona dominada
por la industria de los combustibles fósiles —y sus consiguientes problemas de
contaminación—, “aún existen zonas de gran importancia ecológica”. “Los riesgos
se extienden más allá de la región: la fragata iraní Dena fue torpedeada cerca
de la costa de Sri Lanka, y la consiguiente mancha de petróleo de 20 km de
longitud amenaza ahora zonas de gran importancia ecológica a lo largo de su
litoral. Las autoridades de Sri Lanka están llevando a cabo labores de limpieza
y muestreo”, se detalla en la última actualización.
Los buques hundidos y las infraestructuras portuarias
dañadas —explican los expertos que integran este organismo— pueden presentar
“riesgos significativos de contaminación, incluso por combustibles y aceites”.
Los derrames de petróleo son otro foco de preocupación. “Se han registrado al
menos 12 ataques a buques mercantes en puertos o en el Golfo Pérsico; a medida
que aumenta el número de ataques, también aumentan los riesgos de un incidente
ambiental grave”, alerta el observatorio.
Un panorama similar denuncia Tedros Adhanom Ghebreyesus,
director general de la Organización Mundial de la Salud (WHO). Días atrás,
alertó que las “lluvias cargadas de petróleo” contaminan alimentos, agua y
aire, “peligros que pueden tener graves consecuencias para la salud,
especialmente en niños, personas mayores y personas con afecciones médicas
preexistentes”.
Sin desalinizadorasno hay agua potable
Según un estudio publicado en la revista Nature en
enero de este año, de las casi 18.000 plantas desalinizadoras operativas en
todo el mundo, unas 4.900 se encuentran en Oriente Medio. En conjunto, estas
instalaciones generan una capacidad de desalinización de 29 millones de metros
cúbicos de agua al día, lo que equivale a aproximadamente el 42% de la
producción mundial.
La cifra permite dimensionar la importancia estratégica de
estas infraestructuras en esta región. Las desalinizadoras proveen la mayor
parte del suministro de agua potable en la mayoría de los países: el 93% en
Kuwait, 86% en Oman, 70% en Arabia Saudi, 48% en Qatar y 42% en Emiratos Árabes
Unidos, según las últimas cifras del Instituto
Francés de Relaciones Internacionales.
El dato clave es que la región del Golfo tiene el 6% de la
población mundial, pero alberga apenas el 2% de las reservas mundiales de agua
dulce renovable. ¿Uno de los motivos? Las fuertes presiones que el auge de la
industria petrolera —iniciado en la década de 1950— ejerció sobre la zona. Por
lo tanto, en esta parte del mapa mundial, las desalinizadoras son sinónimo de
agua potable.
De los 25 países que enfrentan un estrés hídrico
extremadamente alto en todo el mundo (es decir, que utilizan más del 80% de su
suministro de agua renovable), 15 se encuentran en Oriente Medio, según la
investigación publicada en Nature, liderada por Noman Khalid
Khanzada, del Centro de Investigación del Agua de la Universidad de Nueva York
en Abu Dabi (NYUAD).
En contraste, explica Lillo Ramos, las desalinizadoras de
Irán sólo aportan el 3% del suministro de agua potable, que se basa
fundamentalmente en el aprovechamiento de las aguas subterráneas. El problema:
los embalses están muy por debajo de su capacidad tras cinco años de sequía.
“La sobreexplotación de aguas subterráneas, la contaminación por intrusión de
agua de mar o aguas residuales y las sequías persistentes han agotado
gravemente estas fuentes de agua vitales en esta región del planeta”, señalan
Khalid y su equipo de trabajo.
Según datos del Instituto de Recursos Mundiales (WRI), el
83% de la población de Oriente Medio ya sufre una grave escasez de agua, cifra
que se prevé que aumente al 100% para 2050. “Se espera que la situación en la
región empeore aún más debido al crecimiento demográfico, el rápido desarrollo
económico, la gestión insostenible del agua y los desafíos sociopolíticos. Por
lo tanto, la seguridad hídrica se ha convertido en una cuestión de vital
importancia y en un pilar fundamental de la seguridad nacional en esta región”,
concluyen los investigadores.
El quiebre ecológico de Irán
Alain Chandelier es un periodista que desde hace años
retrata, desde el terreno, la crisis ambiental de Teherán, la capital de Irán.
En enero, antes de las bombas, cuando las protestas sociales se generalizaron,
publicó una crónica para
el medio Euronews titulada “Irán estalla: cuando la crisis climática convierte
la protesta en una lucha por existir”.
Chandelier detalla que el país afronta una “destrucción
climática múltiple” en la que los desastres ambientales encadenados han
derivado en “un callejón existencial sin salida”. La sequía, la peor en casi
seis décadas, ha provocado en los últimos meses el racionamiento del agua, con
límites para el consumo humano y productivo. Durante varias semanas, se
evaluó evacuar
Teherán por temor a un desabastecimiento generalizado.
En su reportaje, el periodista explica que, si bien todavía
no se ha producido un desplazamiento masivo hacia las zonas más húmedas del
norte, ya han saltado chispas de “tensiones interregionales” por recursos de
agua limitados. Además, los proyectos de trasvase entre cuencas, diseñados para
sostener industrias ineficientes en la meseta central, se han convertido ahora
en focos de enfrentamiento entre provincias.
La tensión hídrica —revela— ha entrado en los hogares de las
grandes ciudades. Los cortes reiterados y el racionamiento informal del agua
potable, así como el deterioro preocupante de su calidad (concentración de
sales y nitratos) se han convertido en una “rutina agotadora para los
ciudadanos”.
La muerte por sequía de miles de robles en la cordillera del
Zagros y la conversión de los pastizales en desiertos estériles —agrega
Chandelier en su crónica— no sólo empujan el ecosistema de Irán hacia la destrucción,
también colocan la seguridad alimentaria del país al borde del colapso. Cada
año, alrededor de 100.000 hectáreas de tierras agrícolas y pastizales de Irán
están en riesgo de convertirse en desierto absoluto. La degradación del suelo
ha alcanzado ya un nivel crítico, porque la tasa de erosión es cerca de tres
veces mayor a la media mundial.
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| Planta desalinizadora |
La subsidencia es un daño colateral de la insostenible
extracción de agua. El suelo en Irán no se hunde unos pocos milímetros, en
algunas zonas se abre a un ritmo escalofriante de 20 a 30 centímetros al año,
una tasa 40 veces superior a la media de los países desarrollados y el mayor
registro documentado en el mundo
“Este escenario desnuda la paradoja del Irán de 2026.
Resolver las crisis climáticas exige grandes inversiones internacionales,
diplomacia del agua y la adopción de estándares ambientales globales”,
explicaba este reportero a mediados de enero. Estados Unidos e Israel eligieron
el camino opuesto: un ecocidio escondido en miles de bombas y misiles.
El agua se agota a escala global
El término “bancarrota hídrica” —acuñado por la ONU en el
informe— establece un paralelismo con la bancarrota financiera: al igual que
una empresa o individuo que ha gastado más de lo que posee puede enfrentar la
insolvencia, muchos sistemas hídricos también se encuentran hoy más allá de sus
posibilidades.
Los datos revelan que, durante décadas, las sociedades han
extraído más agua de los recursos naturales de la que pueden reponer de forma
sostenible, agotando tanto los caudales renovables anuales como las reservas no
renovables, como las aguas subterráneas y los glaciares.
“El principal mensaje que transmite este trabajo es que es
necesario dejar de hablar de estrés hídrico o crisis del agua, conceptos en los
que cabe pensar en una posible recuperación de los sistemas hídricos y
ecosistemas asociados. En muchos casos esta recuperación ya no es posible, los
daños son irreversibles”, explica Antonio Collados Lara, científico titular del
Instituto Geológico y Minero de España (IGME-CSIC).
La auditoría global pinta un panorama desolador: el 75% de
la población mundial vive en países donde el agua escasea o es insegura; más de
la mitad de los grandes lagos del planeta se están secando; 2.000 millones de
personas habitan sobre terrenos que se hunden por la sobreexplotación de aguas
subterráneas; y en 50 años se han perdido humedales equivalentes a toda la
superficie de la Unión Europea.
En su informe, la ONU advierte de que “la crisis no conoce
fronteras”. La agricultura, que consume el 70% del agua dulce —80% en el caso
de España—, es el epicentro del colapso. Cuando los cultivos se secan en una
región, la escasez viaja a través de los precios de los alimentos, golpeando la
seguridad alimentaria global y desestabilizando economías, explica Madani. Y
agrega: “El agua que falta aquí, se nota en la comida de allá. Esta quiebra no
es un problema local, es un riesgo sistémico que fluye por las venas del
comercio mundial”.
Este miércoles, se conoció que este científico irání
—señalado como un “ecologista traidor” en su país por denunciar la
insostenibilidad de la agricultura— es el ganador del
Premio del Agua de Estocolmo 2026, considerado el Nobel en este ámbito. Al ser
entrevistado, admitió que la satisfacción personal está totalmente empañada por
los bombardeos. “Lamentablemente, el impacto medioambiental de la guerra durará
muchos años“, adelantó. <>


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