Ámbito Perú

jueves, mayo 14, 2026

DE CARA A LA SEGUNDA VUELTA. ELECCIONES EN EL PERU

DEBAJO DE UN SOMBRERO

"Sánchez intenta moderarse para hablarle al elector antifujimorista que no quiere repetir la experiencia de Castillo".

por Fernando Tuesta Soldevilla

Roberto Sánchez es, ante todo, una paradoja. Políticamente, casi no existe fuera de Pedro Castillo; electoralmente, acaba de convertirse en el hombre que acompaña a Keiko Fujimori en una segunda vuelta.

No hay parentesco, partido ni trayectoria común que los una. Hay algo más eficaz: la apropiación simbólica. Sánchez entendió que el sombrero no era un accesorio, sino una contraseña.

Sin Castillo, Juntos por el Perú [12.019% de votos válidos] probablemente estaría compitiendo con Perú Libre [0.597%] por el descenso. Con Castillo, Sánchez pasó de ser el único congresista de un partido sin estructura nacional a encarnar una expectativa de revancha. Su propia fuerza es mínima: como candidato a diputado por Lima, pese a encabezar la lista, obtuvo apenas poco más de 14 mil votos, una décima parte de lo conseguido por Harvey Colchado (Ahora Nación). Pero la elección no premia al mejor, sino a quien mejor se mueve políticamente, sea por pragmatismo o astucia.

El voto de Castillo en 2021 no fue programático. Fue identitario. Para millones de peruanos, sobre todo en el sur andino y zonas rurales, Castillo era "uno como tú": provinciano, maestro, ajeno a Lima, ajeno a las élites. Esa identificación sobrevivió a un gobierno improvisado, mediocre, clientelista y corrupto, y terminó incluso negando el fallido golpe de Estado. Para ese núcleo, Castillo no fracasó: no lo dejaron gobernar. Sánchez ha recogido esa narrativa y la ha hecho suya.

Allí está su capital y también su límite. Su modesto 12% de primera vuelta le permite pasar a la segunda, pero, en menos de un mes, debe más que cuadruplicar su votación. No le basta sumar a la izquierda, a partidos sin inscripción o a aliados dispersos. En el Perú, los votos no se endosan como acciones. Los partidos casi no tienen ascendencia sobre sus electores. La segunda vuelta exige otra operación: ampliar sin desdibujarse.

Por eso Sánchez intenta moderarse para hablarle al elector antifujimorista que no quiere repetir la experiencia de Castillo. La campaña electoral es el espacio de las emociones y una de ellas, muy sensible, es la del miedo. Por eso, en sus pocas presentaciones, pretende moverse hacia el centro, tomando distancia del indomable Antauro Humala, que, con sus actos y frases, actúa en sentido inverso. Sánchez puede corregir, negar y matizar, pero lo que no puede hacer es soltar a Castillo. Si lo hace, se queda sin oxígeno.

Keiko llega a esta segunda vuelta en una situación distinta a la de 2021. No desaparece su rechazo, pero parece menos paralizante. Sánchez, en cambio, carga con una contradicción más severa: necesita ser continuidad para conservar su base y ruptura para crecer. Allí se juega la elección. No enfrenta solo a Keiko Fujimori. Enfrenta la pregunta decisiva de si el Perú que votó por Castillo votará ahora por él y si el Perú que teme al fujimorismo aceptará correr otra vez el riesgo de un gobierno improvisado y capturado por sus propias sombras.
 

TODA UNA VIDA

"Si las campañas son el campo de batalla de las emociones y simbolismos, la pregunta es qué puede generar la candidata de Fuerza Popular para ganar".

por Fernando Tuesta Soldevilla

Keiko Fujimori deberá convencer a, por lo menos, la mitad de ese 70% de peruanos que no votaron por ella ni por Roberto Sánchez para ganar unas elecciones que le han sido esquivas en tres ocasiones. Su perseverancia —cuarta postulación presidencial— configura un caso singular: una trayectoria sostenida en la búsqueda del poder. No ha logrado un respaldo mayoritario, pero en un país fragmentado le ha alcanzado para consolidar una base estable. Sobre ella reposa el fujimorismo: una maquinaria construida en torno a su figura, que la ha llevado nuevamente a la segunda vuelta y a obtener la primera mayoría relativa en ambas cámaras, asegurando influencia decisiva en el siguiente quinquenio.

Es la octava vez que compite en elecciones y la cuarta que llega a segunda vuelta. Ha perdido siempre, pero acumula experiencia. En esta campaña optó por una estrategia distinta: bajo perfil, fortalecimiento orgánico y exposición tardía. A diferencia de liderazgos más estridentes, trabajó su aparato partidario con disciplina, recursos públicos y privados, y sin confrontaciones innecesarias. Eso le permitió encabezar la primera vuelta con un modesto pero suficiente 17%. Su votación se concentró en Lima y el norte, zonas densamente pobladas que explican también su significativa representación parlamentaria.

La derecha más radical, que ha llevado al límite el discurso del fraude, la respaldará sin exigir mayores concesiones. Frente a Sánchez, percibido por ese sector como ilegítimo, Keiko parte con ventaja organizativa: estrategia, estructura, financiamiento y redes de apoyo. Pero esa base no garantiza el triunfo.

El desafío es político, no solo electoral. Ya marcó distancia con su ala más extrema, pero ganar exige desplazarse hacia el centro. Eso supone evitar la reedición de la polarización de 2021, que evidenció fracturas —Lima/provincias, urbano/rural, integrados/excluidos— que le dieron un contraproducente respaldo mediático, pero no mayoría social. Como lideresa de un partido dinástico, carga el peso del gobierno de su padre —“mochila”, dijo—, pero también el suyo: ha sido responsable de una década de inestabilidad y erosión democrática.

Pero sus 22 senadores y 40 diputados, disciplinados y leales, la colocan en una posición de ventaja frente a Juntos por el Perú, sea como gobierno o como oposición. No obstante, si gobernar le ha sido esquivo, acumular poder no. Se ha constituido en la cabeza de la corriente política más gravitante de la última década y media. En ese tiempo ha tejido vínculos y compromisos de diverso tipo, y ha protegido intereses propios y ajenos. Si las campañas son el campo de batalla de las emociones y simbolismos, la pregunta es qué puede generar la candidata de Fuerza Popular para ganar. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

  ¿POR QUÉ ARDE BOLIVIA? Chantal Liégeois Tres semanas de movilizaciones contra el ajuste de Rodrigo Paz tienen al país en una fase crít...