DEBAJO
DE UN SOMBRERO
"Sánchez intenta moderarse
para hablarle al elector antifujimorista que no quiere repetir la experiencia
de Castillo".
por Fernando Tuesta Soldevilla
Roberto Sánchez es,
ante todo, una paradoja. Políticamente, casi no existe fuera de Pedro
Castillo; electoralmente, acaba de convertirse en el hombre que acompaña a
Keiko Fujimori en una segunda vuelta.
No hay parentesco, partido ni trayectoria común que los una. Hay algo más eficaz: la apropiación simbólica. Sánchez entendió que el sombrero no era un accesorio, sino una contraseña.
Sin Castillo, Juntos por el Perú [12.019% de votos válidos] probablemente estaría compitiendo con Perú Libre [0.597%] por el descenso. Con Castillo, Sánchez pasó de ser el único congresista de un partido sin estructura nacional a encarnar una expectativa de revancha. Su propia fuerza es mínima: como candidato a diputado por Lima, pese a encabezar la lista, obtuvo apenas poco más de 14 mil votos, una décima parte de lo conseguido por Harvey Colchado (Ahora Nación). Pero la elección no premia al mejor, sino a quien mejor se mueve políticamente, sea por pragmatismo o astucia.
El voto de Castillo en 2021 no fue programático. Fue identitario.
Para millones de peruanos, sobre todo en el sur andino y zonas rurales,
Castillo era "uno como tú": provinciano, maestro, ajeno a Lima, ajeno
a las élites. Esa identificación sobrevivió a un gobierno improvisado,
mediocre, clientelista y corrupto, y terminó incluso negando el fallido golpe
de Estado. Para ese núcleo, Castillo no fracasó: no lo dejaron gobernar.
Sánchez ha recogido esa narrativa y la ha hecho suya.
Allí está su capital y también su límite. Su modesto 12% de primera vuelta le
permite pasar a la segunda, pero, en menos de un mes, debe más que cuadruplicar
su votación. No le basta sumar a la izquierda, a partidos sin inscripción o a
aliados dispersos. En el Perú, los votos no se endosan como acciones. Los
partidos casi no tienen ascendencia sobre sus electores. La segunda vuelta
exige otra operación: ampliar sin desdibujarse.
Por eso Sánchez intenta moderarse para hablarle al elector antifujimorista que
no quiere repetir la experiencia de Castillo. La campaña electoral es el
espacio de las emociones y una de ellas, muy sensible, es la
del miedo. Por eso, en sus pocas presentaciones, pretende moverse
hacia el centro, tomando distancia del indomable Antauro Humala, que, con sus
actos y frases, actúa en sentido inverso. Sánchez puede corregir, negar y
matizar, pero lo que no puede hacer es soltar a Castillo. Si lo hace, se queda
sin oxígeno.
Keiko llega a esta segunda vuelta en una situación distinta a la de 2021. No
desaparece su rechazo, pero parece menos paralizante. Sánchez, en
cambio, carga con una contradicción más severa: necesita ser continuidad
para conservar su base y ruptura para crecer. Allí se juega la elección. No
enfrenta solo a Keiko Fujimori. Enfrenta la pregunta decisiva de si el Perú que
votó por Castillo votará ahora por él y si el Perú que teme al fujimorismo
aceptará correr otra vez el riesgo de un gobierno improvisado y capturado por
sus propias sombras.
TODA UNA VIDA
"Si
las campañas son el campo de batalla de las emociones y simbolismos, la
pregunta es qué puede generar la candidata de Fuerza Popular para ganar".
por Fernando Tuesta Soldevilla
Es la octava vez que compite en elecciones y la cuarta que llega a segunda vuelta. Ha perdido siempre, pero acumula experiencia. En esta campaña optó por una estrategia distinta: bajo perfil, fortalecimiento orgánico y exposición tardía. A diferencia de liderazgos más estridentes, trabajó su aparato partidario con disciplina, recursos públicos y privados, y sin confrontaciones innecesarias. Eso le permitió encabezar la primera vuelta con un modesto pero suficiente 17%. Su votación se concentró en Lima y el norte, zonas densamente pobladas que explican también su significativa representación parlamentaria.
La derecha más radical, que ha llevado al límite el discurso del fraude, la respaldará sin exigir mayores concesiones. Frente a Sánchez, percibido por ese sector como ilegítimo, Keiko parte con ventaja organizativa: estrategia, estructura, financiamiento y redes de apoyo. Pero esa base no garantiza el triunfo.
El desafío es político, no solo electoral. Ya marcó distancia con su ala más extrema, pero ganar exige desplazarse hacia el centro. Eso supone evitar la reedición de la polarización de 2021, que evidenció fracturas —Lima/provincias, urbano/rural, integrados/excluidos— que le dieron un contraproducente respaldo mediático, pero no mayoría social. Como lideresa de un partido dinástico, carga el peso del gobierno de su padre —“mochila”, dijo—, pero también el suyo: ha sido responsable de una década de inestabilidad y erosión democrática.
Pero sus 22 senadores y 40 diputados, disciplinados y leales, la colocan en una posición de ventaja frente a Juntos por el Perú, sea como gobierno o como oposición. No obstante, si gobernar le ha sido esquivo, acumular poder no. Se ha constituido en la cabeza de la corriente política más gravitante de la última década y media. En ese tiempo ha tejido vínculos y compromisos de diverso tipo, y ha protegido intereses propios y ajenos. Si las campañas son el campo de batalla de las emociones y simbolismos, la pregunta es qué puede generar la candidata de Fuerza Popular para ganar.


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